Mis manos sujetaron un Lisianthus en Huimilpan

El tiempo, desde hace varios años, lo concibo como un plano espacial donde nos deslizamos. Cuerpos, personas que se mueven sobre el globo, atravesando parques, kilómetros, ciudades, bosques; ojos que contemplan cuadros en un museo, bocas que avanzan fumando un cigarrillo en las sombras nocturnas; yemas que deslizan suavemente las páginas de un libro usado. Lenguas y manos que se colocan sobre otros cuerpos para después alejarse y continuar andando.   

Durante el trayecto, he sido testigo de la creación de universos que tienen a la nada como precedente. 

"¿Por qué me amas?"

Un árbol, metal, fuego e imprentas. El nacimiento de un libro, la reiteración del escrito de una época; unas manos colocando su ligero peso en un estante, para que llegaran a las mías. Dentro de la misma experiencia del tiempo, encuentro la respuesta. Mis ojos moviéndose por la habitación, cayendo entre esa tinta que Cortázar convirtió en letras (pigmentos que pertenecieron a un lugar remoto) para coincidir con las ideas que fluían por mi cerebro: "Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.  [...]A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."

El mundo se desplaza entre materia oscura y emergen fuerzas sobrenaturales en el corazón del hombre. 

La posible condena, si bien lo entiendo ahora, ocurre desde el génesis. En el enramado molecular que lo contiene lleva su maleficio.

 Mortal el ser humano, mortal el amor. 


Su forma es real, existe. Puede morir, es verdad. Y es ahí donde el maleficio se invierte y recae sobre nosotros: ¿dejaremos que muera? ¿soltaremos la copa que contiene esa sangre?


Un conjuro infranqueable:

"No es la primera vez que se derrama el vino sobre la mesa."

                                                                                             Gélidamente, permitimos que la copa cayera.

 Lejos quedó la fragilidad del vínculo. 

                                                        Asistimos, serenamente, a la muerte del amor.






Avksentije (Klozevits)







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