Hilo rojo

 

Una historia bastante conocida, nos habla del hilo rojo que conecta dos seres que están destinados a conocerse.

Concebimos al mundo como un espacio de múltiples posibilidades. Sentimos el piso frío en los pies, los dientes por los que se pasea constantemente nuestra lengua, la genitalidad y su tibieza, la constante sensación de fricción en nuestras axilas. Incluso es sabido que observamos la punta de nuestra nariz pero, inconscientemente, omitimos de nuestro campo visual esa montañita de carne adherida a nuestro rostro.



Nuestro cuerpo. Células aglutinadas, transportadoras del fugaz rayo: cogito ergo sum.

Mis yemas-ojo recorrieron esta tarde unas avejentadas páginas. De ahí la frase en latín que tomé como pretexto para este post.

Sorprende la sabiduría que albergan los libros. La tinta y el papel. Las cuánticas letras que transportan un mensaje. Personas, como tú, o como yo, que ahora forman parte del universo material. Dejaron sus pensamientos asentados sobre cadáveres de plantas. 

¿Habrán recorrido sus dientes con la lengua, (como tú, o como yo) mientras escribían? 



Su sabiduría se ha desplazado, geográfica y temporalmente.

Escucharlos reflexionar, 

 "[...] muchas veces las acciones de la vida no admiten demora." Descartes.



Tania