Dentro de mi experiencia con el huerto urbano, me he llevado la sorpresa más grande de mi vida.
Un cuestionamiento medular que surgió de mi interacción constante con las plantas, ha sido el hallazgo de lo no-humano.
Y parece una obviedad, lo sé. Somos habitantes del mundo y es un hecho, formando parte de nuestra realidad, que no somos los únicos seres del planeta. Aunque, a mi pesar, nos "educamos" como si así lo fuera.
¿A qué me refiero con esto? A que dentro de nuestro sistema de creencias, observamos al otro, particularmente al referirme al alimento, como un "producto", como un "consumo", más no como un acompañamiento y como un ciclo. Un yo produzco, yo consumo, yo crezco, yo me alimento, yo-, y llega el punto en que habría que preguntar: qué me hace pensar de esa manera.
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La transición orgánica en que nos encontramos, llamada vida, implica adquirir nuestros eslabones y energía desde otros seres. Somos autótrofos. Es innegable.
Sin embrago, jamás se nos ha instruido, ni en la química, ni en la física y menos aún en la producción de alimentos, que esa adquisición lleve consigo el ser un proceso respetuoso, sobre todo con aquellos seres que transitan este mundo en periodos mucho más breves que el nuestro.
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El huerto urbano nos abre esa posibilidad, el convivir uno a uno, convivir con el individuo no-humano, observarlo, conocerlo.
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Salgo al campo, recorro carreteras, observo el paisaje. Ante mí, prados llenos de sorgo, maíz, trigo, alfalfa, avena, chía. Son mares inmensos de granos y vegetales. Un mar, si bien vivo, normalizado, estandarizado. Y se me ha hecho creer, por nacer en la modernidad, que la producción en serie es naturaleza.
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En el huerto las plantas designan su propio destino. La comunicación es inmensa.
Algunas plantas, por su entorno, por su genética, florecen, otras producen hojas, otras generan fruto.
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Tomamos, para nuestra maravilla, la dicha del alimento.
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Y entregamos, con paciencia, dedicación, un entorno, una isla urbana, donde ellas puedan crecer con confianza, transitar por esta vida, donde nuestras existencias coinciden.
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Estamos construidos de polen.
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Tania.
