Si toda mi vida se resumiera en un solo punto, donde convergiera infinitamente hacia "adentro" esta espiral de sombras, simientes, compases y pistilos, estaría aquí, mucho tiempo, entre la reencarnación de la voz (inaccesible, ondas imaginarias) de Clarice.
El último par de meses navegué entre la reflexión de la esperanza, aquella vaga forma que austeramente se ajusta al idilio de lo que fue mi amor por (sí, aquí hay un nombre que permanece bajo las hojas flotantes del nenúfar). Las arcadas, fruto del vértigo de perder mi amor, de la evaporación etílica que deja la mancha blanquecina sobre el cristal, adivinando solamente el volumen transparente de lo que ahora se muestra como una calcárea signatura.
Eter. There-min.
Barajo las cartas de mi siguiente tirada. ¿Qué pregunta será la que devenga de intuiciones? Una carta, dos, tres. Fibras de entes previamente vivos. Papel, grueso. Savia. Caminos que conducían agua.
Agua.
Mi humedad.
Clarice, te aguardo, sortilegio literario: