Hace unos días me encontraba de frente a las hojas avejentadas de un libro de lógica. Su tinta aún permanece profunda y negra. ¿Ese libro por qué me gusta? Y puedo decir que es el sonido y su máscara: "formal", estructurado, metódico, analítico y clasificable. Me agrada imaginar a una persona imprimiendo tanta vehemencia y constancia en un mismo tema. Organizándolo, leyéndolo, presentándolo como mejor él/ella lo convenía. ¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Para qué tanta meticulosidad? Denota que fue leído cientos de veces, reorganizado decenas y decenas, una y otra vez más. No lo entiendo (el extremo orden) y eso es lo que más me gusta de ello. Es tan académico, tan riguroso y formal. Me entretiene ver el exacto ancho, la longitud del párrafo. La simetría y lo cuadrado que se observan los textos. La mesura y cuidado en que no se excedieran "demasiado". Por eso lo leo, porque en su contenido me deja huecos que no me agradan.
A pesar de todo, mencionaba algo que fue de mi interés: el objeto de la filosofía.
La lógica (el pensamiento), la cosmología (el Universo) y la metafísica (el ser).
¿Ustedes piensan que eso es cierto? ¿Que es aplicable en nuestros días o más aún, en los días venideros?
Yo pienso que es momento de derrumbar barreras.
Las nuevas ciencias son iterativas, una bella banda de Moebius (transhistórica), en relatos que se funden y entremezclan, sin parar.
Avanza un poco más y te darás cuenta de porqué esto me da risa.
Una parte de mi vida sueña. La otra actúa, y entre ambos efectos no encuentro lo nimio, la pausa o la sequedad de una consecuencia árida.
Por el contrario, se siente fresca y agradable toda brisa que emerge de ambos mundos: el sueño (el plan inconcluso, la imaginación, la iteración evaluable y cognoscible), y lo oscilante del efecto en el mundo.
Es aquí donde verdaderamente empieza.
Me encanta el mundo, porque no existe.
Me encanta tanto saber que no existe.
A veces me doy cuenta de mi andanza por una gran cueva oscura. Una mala broma y una jugada mal puesta proveniente de no sé qué y bien por cierto, desde un no-sé-dónde.
¿Qué hago?
¿Qué soy?
¿Por qué soy?
Y me encanta. Porque mientras estoy sentada escribiendo, nadie sabe que mi alma está subiendo las escaleras de un centro comercial en Liverpool, UK.
Que me teletransporto a comer una deliciosa costilla de cerdo entre paredes de ladrillos negros.
O que me encuentro con peces gato mirándome justo al rostro, mientras floto en el vacío.
Ahí es donde en verdad -estoy-.
No aquí, contigo, ni conmigo.
Sino allá, me encuentro en esos lados.
No soy una persona escribiendo en un teclado frente al computador.
Soy aquella persona que está a mitad de un teatro tocando un theremin.
O esa persona de cuerpo esbelto que fuma un cigarrillo en un diván de terciopelo rojo.
¿Sucedió?
Lo sumamente risible. Me descubro en un sueño. Nuevamente, sueño.
No hay tristeza, ni vacío. No hay alegría, ni felicidad. Nuevamente en ese espacio blanco inquebrantable donde habita el sueño.