Entramos en la era del Tao.
Lo posmoderno toca su punto álgido y retorna. Como un búmeran que en su propia inercia regresa por la misma fuerza que lo propulsa.
Abro los ojos al mundo y me reconozco no-humana. Una trascendencia mayor donde toda explicación no basta. Es el Tao. Te abraza y forma parte de lo incompleto e infinito. Nada se busca ni se pierde, solo se encuentra y te inunda en savia.
Cada gota de savia resulta bellísima y cristalina. ¿A cuántos de nosotros ha pasado?
El estar en una habitación silente, en medio del parque, entre el bullicio y, de pronto, el espasmo que al principio se antoja una tiniebla para transformarse en luz. Un rayo que te deja estacado a mitad del patio, lo describe Cortázar.
Me encuentro contenida en el Universo.
Soy todo y a la vez, me encuentro en la Nada.
Habito y permanezco dentro y en el tiempo, en todos lados y en ninguno. No ceso de moverme y avanzar en la expansión de mi Galaxia. Atravesando los eones de la existencia misma. Sin respuestas y sobre todo, con preguntas que no atisban siquiera imaginar lo magno de lo incuantificable.
Y creo. De crear y creer. Juego con el lenguaje que se atraviesa en mi cerebro sin lo-ser-fugaz-inmenso.
Irrisorio y valioso. Verde esmeralda. Mi vida la celebro transfiriendo mi eternidad a la esmeralda. Brillante y delicada. Eres mi hija, Atenea, y me siento rebosante al acariciar tu rostro, al observar la conexión al Universo desde tu mirada amorosa y eterna.
Me impregno el corazón de malvas.
Me impregno la piel de malvas.
La planta que vive en un ferry. ¿Cuántos viajes te han mecido entre las olas? ¿Qué cristales salados se depositan entre tus hojas? ¿Cuántos sueños no-soñados has visto en la profundidad del agua fría y oscura? Plantita que vives en un ferry, te recuerdo viva. Te recuerdo y me encuentro contigo en mi misma.
Karl Blossfeldt, Fotografiska Museet
