Azufre y sal. ¿Una coraza? De piel. De mar. De espuma.
Me reflejo en la curvatura metálica de tu tranquilidad.
¡Eres! Apasible Limulus... (...eres).
Te observo y lloro, grito y me inflamo en desesperación.
Es tu inocencia milenaria, un sorbo de antiguo té; me perturba la lentitud con que aguardas el final del Tiempo.
Deambulamos, sintientes, en la húmeda burbuja que nos guarece.
¿Por qué no hubo una otra más?
