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El adaptar nuevos espacios a una versión que se continúa. 


Me encuentro ante un nuevo todo: nuevas voces, nuevas sensaciones, nueva agua.


Incluso mismo una nueva yo.


Me doy cuenta que así ha sido mi vida desde siempre. Cada tanto, la novedad. El movimiento como algo que está más allá de mi misma, sin un propósito o cabalidad, simplemente sucede, me sucede de una forma radial. Eventos nuevos, de tantos atardeceres. Desde niña mis padres (seres inverosímiles y aventureros) nos llevaban a explorar tierras desconocidas. Una familia con niños pequeños en la sierra tarahumara, en la inmensidad de la huasteca potosina, en los llanos de Durango. Entre las tierras frías y lacustres de los alrededores de Morelia. Creo que por eso salí de casa pronto a recorrer Tepic, Irapuato, las playas de Jalisco. Habitar Querétaro como tierra con una bandera de múltiples formas y colores donde me exploré a tanta plenitud. Tierras extranjeras de Estocolmo, Suecia. Los miles de pasos recorridos por Copenhaguen, Amsterdam, Liverpool, Glasgow. Las tierras altas de Edimburgo, las atiborradas y frías calles de Londres. Los bosques de Hidalgo. Las interminables curvas de la Sierra Gorda Queretana. Los misteriosos y profundos cenotes mayas. Y justo ahora, habitando las costas de Vallarta, cultivando entre ríos.


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Leía la historia de las civilizaciones antiguas. Un punto común, asentaban sus inicios en tierra fértil fluvial. India, Asia, Egipto, Mesopotamia. Los orígenes de la vida y del hombre mismo cerca del agua. Agua dulce y agua salada. Saliva y lágrimas. Cicatrices de arado para reverdecer en dulces azúcares que brindan alimento.


Debo confesar que en ocasiones tengo miedo. Me siento tan inmersa en el Universo. Llevo varios años mirando directo al cielo, por las noches. En el éxtasis de reconocer en cada punto brillante, un lugar. Una superficie que jamás podré tocar. Un trayecto que no podré recorrer. Una vía que no estoy destinada a caminar. Y sin embargo, está ahí, directo, frente a mis ojos. Frente a mi cuerpo mirando de frente hacia el espacio. 


Deformo mi tiempo. Porque, ¿existe el tiempo?. No, no existe. Existe el espacio en el que aglutinados nos encontramos astros, planetas y moléculas. Un lattice que nos conecta a todo y todos en todo momento, porque el tiempo no existe, sino es espacio. Es material y un lugar.


"La geometría del cosmos no es un lugar, es un sonido"


Y esto es verdad. Somos materia vibrando, colisionando, ondulando en todo momento (en todo lugar). La quietud es la máxima ficción, y aún así, lo es todo. 


"Quietud diferente a la inacción"


Veía un clip en YouTube. Monjes tibetanos hablando de la religión. O más bien, de la cosmovisión budista. Un tanto a modo de sátira, de incredulidad, respondían alegremente y entre sonrisas, la pregunta del entrevistador: "qué es el budismo". Incluso yo misma río, ante lo inconmensurable de la idea misma de definir el budismo. 


Desde mi perspectiva, el budismo forma parte de un estado de la materia misma. Un estado de la consciencia y el pensamiento. Vivir en un punto de revelación de los máximos horizontes de la existencia humana. De la interconexión emocional y universal. Es estar en el todo. Y toma sentido: "Estar en todos lados y en ningún lugar".


Me espanta. La inmensidad me espanta. Porque me hace sentir tranquila. Me brinda una paz irracional. Una conexión con todo al mismo tiempo y eso me espanta:


"Me lleva hacia el olvido de toda la materia"

"Me lleva hacia el olvido de toda -la experiencia-"

"Me lleva a mirar directamente hacia adentro, y ese adentro es un afuera"


Me espanta saber que no estoy. Que deambulo en el Universo.

Que no estoy en ningún lugar y estoy en todas partes.


Porque puedo observar el presente, el pasado y futuro, ya que es un lugar.

La convergencia de renacer una y otra vez, aquí y en todos lados.






No vale la pena mantener "este humano".

Sé que hay algo más y me asusta desaparecer con ello.



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