Recostar tu cuerpo sobre el pasto

En un intento de encontrarme, cientos de imágenes llegaron a mi cabeza.

Aún no lo había verbalizado, pero me di cuenta de lo mucho que anhelo recorrer París. Sería maravilloso ver transcurrir una puesta de Sol en el Café De Flore, a un costado de las avenidas.

Y de acá, me traslado hacia la playa, en una palapa relativamente moderna, bebiendo una piña colada. Frente a mi, plantas, mesas de madera dispuestas de forma simétrica, viendo también hacia una avenida. 

Cientos de autos rodando y avanzando, y acá el suceso más notable: por sobre mi cabeza, un avión por aterrizar en pista. ¿Qué es lo que recién ha pasado? ¿Cómo es que en mi era, en el Mundo y contexto donde me ha tocado nacer y habitar, es tan común acontecer objetos que vuelan a pocas decenas de metros de mi cabeza, mientras elijo del menú una tostada de pulpo y un coctail de camarón?

Más aún, ¿por qué está permitido el comer un pulpo? Y mucho más aún, ¿por qué soy yo quien lo como?


Tenía un guión, pensaba hablar de la persona ebria/alterada, oliendo a meses de sudor y suciedad acumulados en su cuerpo y su vestimenta, con media oreja mordida y aún sangrante que encontramos en una farmacia, a las 8 de la noche, en un invierno en Dublín. 

O del estrecho corredor que me llevó en dos ocasiones a beber el mejor jugo de naranja que he probado en mi vida, cerca de la estación de Gamla Stan.

O del día que al pedir un par de boletos en el metro, la persona de la caja registradora se sorprendió al ver que le desee "Buen día"


Y de las decenas de camas donde he dormido, bebiendo otras aguas, contemplando otros cielos, y que han visto más historias de las que yo pudiera contar.


Cómo es la memoria (frase de la humanidad), que me hace recordar en HD el olor, el brillo y el contraste de las imágenes que se dieron la vuelta anguladamente por mis ojos.


Me detengo un poco y seco las lágrimas. Noté levemente que estaba llorando. Sucedía mientras recrdaba lo mucho que me gustaría haberte encontrado en esta tarde, en la misma esquina de siempre. 


Vaya, las lágrimas sí que pueden arder.



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