Y entonces, apareció: daba la vuelta en una pared curva, aún mareada de tanta blancura. Y ahí estaba. Mirándome de frente, succionando el sonido y convirtiéndolo en silencio.
Chirico. Chirico y sus atmósferas verdes.
Como aquella ocasión en que Dalí con su Gigante me hizo irme de espaldas, Kandinsky y sus miniaturas me hicieron dudar….
¿Cuántos caminos más por descubrir? He visto nubes al ras de mis ojos, mareas que suben y bajan. He visto los abismos de los ríos de agua dulce. Y más aún, he visto esa mirada, al cerrar la mía. Y agradezco tanto que esos ojos se claven, como una estaca dulce, de Cosmos quieto, de metamorfosis, directo hasta mi corazón.